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El amor en pareja

pareja-romantica-en-bicicleta_23-2147502335Vector de Corazón diseñado por Freepik

Amarte y amar es tu reto, tu camino y tu destino. Pero el amor es un estado del ser, no una relación. Debes cuestionar tu capacidad de amar para no engañarte con un amor fácil y cómodo.

El amor en pareja es exigente y florece donde hay respeto y entrega, comprensión y verdad, perdón y humildad. El amor filio es una fuerza unificadora y no te lleva a competir con tu pareja, sino a entenderlos y aceptarlos.

Por eso decía Jesús que debes devolver bien por mal y amar a los que te hacen daño. Cuando lo haces brilla la luz y disfrutas una alegría que nadie te puede quitar. Ya lo sabes, sólo el amor te da felicidad.

Un humorista dice que el matrimonio es una fiebre al revés porque empieza con calor y termina con frío.

Sin embargo, hay muchas parejas felices que se aman y superan las crisis,

¿Cómo mantienen vivo el fuego del amor?

Buscan lo mejor: Se apoyan en sus fortalezas y son realistas con las limitaciones.
No luchan por el poder: Saben que el ego traiciona y, por lo mismo, ceden y actúan con humildad.

Se comunican bien: Aprenden a escuchar y también a ser asertivos, en lugar de tener guardados y rumiar agravios.

Cuidan su armonía sexual: Son imaginativos, intiman y no dejan que la pasión se acabe.
Se perdonan: La comprensión los mueve a ser generosos y no se envenenan con el odio o el rencor.

Son espirituales: Viven conectados con Dios y la oración amorosa los llena de fuerza y de paz. 

Crecen en aceptación y desapego: No se empecinan en cambiar al otro y cultivan una relación sin cadenas ni manipulaciones.

Autor:  Gonzalo Gallo

-Extracto: Columna Oasis Diario El País Colombia.

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El trabajo como ofrenda a la vida

Existen en el mundo muchas personas inconformes con su vida. Muchos detestan sus trabajos y desearían hacer otra cosa, aún cuando su sustento depende de él. Amar lo que se hace es la mejor forma de vivir el trabajo en completa felicidad.  

Paulo Coelho, escritor brasilero, lo expresa muy bien en su libro “Manuscrito encontrado en Accra”, en el cual se hace alusión al trabajo como una manifestación de Dios y una ofrenda de vida. Les comparto un pequeño extracto:

El trabajo es la manifestación del Amor que une a los seres humanos. Por medio de él, descubrimos que no somos capaces de vivir sin el otro y que el otro también necesita de nosotros.

Hay dos tipos de trabajo: 

El primero es el que la gente hace sólo por deber y para ganarse el pan de cada día. En ese caso, las personas sólo venden su tiempo, sin entender que jamás podrán volver a comprarlo. Se pasan la vida entera soñando con el día en que podrán por fin descansar. Cuando ese día llega, ya están demasiado viejos para disfrutar de todo lo que la
vida les puede ofrecer. Esas personas jamás asumen la responsabilidad de sus actos. Dicen: «No tengo elección.»

Pero está el segundo tipo de trabajo. Aquel que la gente también acepta para ganarse el pan de cada día, pero en el que procuran ocupar cada minuto con dedicación y amor a los demás. A ese segundo trabajo lo llamamos Ofrenda. Porque puede haber dos personas que cocinan la misma comida y usan exactamente los mismos ingredientes; pero una de ellas puso Amor en lo que hacía, mientras que la otra sólo intentaba alimentarse. El resultado será completamente diferente, aunque el amor no se pueda ver ni pesar en una balanza. La persona que hace la Ofrenda siempre recibe una recompensa. Cuanto más comparte su afecto, más se multiplica su afecto. Cuando la Energía Divina puso el Universo en movimiento, todos los astros y
estrellas, todos los mares y bosques, todos los valles y montañas recibieron la oportunidad de participar en la Creación. Y lo mismo sucedió con todos los hombres. Algunos dijeron: «No queremos. No vamos a ser capaces de corregir lo que está mal y castigar la injusticia.»
Otros dijeron: «Con el sudor de mi frente regaré el campo, y ésa será mi manera de alabar al Creador.»
Pero vino el demonio y susurró con su voz melosa: «Tienes que cargar con esa roca hasta lo alto de la montaña todos los días y, al llegar, la piedra volverá a caer otra vez para abajo.» Y todos los que creyeron al demonio dijeron: «La vida no tiene otro sentido que repetir la misma tarea.»
Y los que no creyeron al demonio contestaron: «Pues entonces voy a amar la piedra que tengo que subir hasta lo alto de la montaña. Así, cada minuto a su lado será un minuto cerca de lo que amo.»
La Ofrenda es la oración sin palabras. Y como toda oración exige disciplina. Pero la disciplina no es esclavitud, sino una elección. No vale de nada decir: «La suerte ha sido injusta conmigo. Mientras algunos recorren el camino del sueño, yo estoy aquí haciendo mi trabajo y ganando mi sustento.»
La suerte no es injusta con nadie. Todos nosotros somos libres para amar o detestar lo que hacemos.
Cuando amamos, encontramos en nuestra actividad diaria la misma alegría que aquellos que un día partieron en busca de sus sueños. Nadie puede conocer la importancia y la grandeza de lo que hace. En eso reside el misterio y la belleza de la Ofrenda: es la misión que se nos ha confiado, y tenemos que confiar en ella. El labrador puede plantar, pero no puede decirle al sol: «Brilla con más fuerza esta mañana.» No puede decirles a las nubes: «Haced que llueva hoy por la tarde.»
Tiene que hacer lo necesario: arar el campo, poner las semillas y aprender el don de la paciencia por medio de la contemplación. Tendrá momentos de desesperación cuando vea su cosecha perdida y crea que su trabajo fue en vano. También aquel que partió en busca de sus sueños pasa por momentos en los que se arrepiente de su elección, y todo lo que desea es volver y encontrar un trabajo que le permita vivir. Pero, al día siguiente, el corazón de cada trabajador o de cada aventurero sentirá más euforia y confianza. Ambos verán los frutos de la Ofrenda y se alegrarán. Porque ambos están cantando la misma canción: la canción de la alegría en la tarea que se les ha confiado. El poeta morirá de hambre si no existe el pastor. El pastor morirá de tristeza si no puede cantar los versos del poeta. A través de la Ofrenda, permites que los demás puedan amarte. Y aprendes a amar a los demás a través de lo que te ofrecen.

Somos como dioses

En el rápido trasegar de la vida, no nos atrevemos a reconocer que somos poderosos. En parte por la educación recibida y por las imágenes que recibimos a diario de la publicidad mediatica que nos vende un modelo de lo que es ser un ser humano perfecto. La contaminación que nos rodea termina haciendo eco en el alma.

Cada ser humano es único con talentos excepcionales. Tenemos ese algo que hacemos mejor que los demás, que nos sale natural y no nos atrevemos a darle su valor por el miedo.

Traigo a colación un escrito de Marianne Williamson que ilustra fielmente el miedo a reconocernos como dioses, como seres hechos a imagen y semejanza de Dios:

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A los hijos de Dios, las cosas le ayudan bien.

Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. Romanos 8:28

Todo lo que te sucede será una enseñanza de la vida, que te ayudará a crecer, a madurar para ser un mejor ser humano.

Jamás Dios te dará una carga que tú no puedas llevar. Erramos al pedirle que nos quite esas cargas. Cuando atravesemos tiempos difíciles lo que hay que pedirle a Dios son músculos que nos permitan soliviar la carga y soportar la prueba.

Posiblemente, en un comienzo no entendamos por qué suceden las cosas. Es normal que la tragedia nuble nuestra visión impidiéndonos ver la salida, desencadenando una serie de sucesos en nuestro interior que lo único que logran es desesperarnos más. Por más dura y arrasadora que sea la tormenta, siempre tras ésta, llegará la calma.

Allí, en ese preciso momento, entenderás y sabrás que ese verso de romanos 8;28 fue escrito especialmente para ti, levantaras tu frente y lucharás con mas animo y ahínco en pro de tus objetivos recordando que el triunfador es aquel que a pesar de la adversidad, de lo escabroso del camino, une fuerzas, jamás se amilana, pelea incansablemente y no descansa hasta alcanzar las metas, porque confió, primeramente en Dios, y en él o ella misma, para lograrlo.

Por eso ríe cuando tengas que reír, pero también llora cuando tengas que llorar.

Somos seres humanos, gracias a Dios, seres humanos, eso nos da derecho a fallar, de caer, lo que no nos debemos permitir, es quedarnos allí en el suelo, quejándonos, revolcándonos, inspirando solo lastima. Estamos obligados a levantarnos para seguir adelante, si, adelante… Viendo lo sucedido como experiencia enriquecedora, que te dará armas valiosas las cuales te serán útiles, o como coraza, o para defenderte hábilmente, sagazmente en el momento en que la vida te quiera arrinconar.

Animo no eres el único ni tampoco el último que pasará por momentos difíciles, al final todo pasará.

No te olvides que eres un hijo de Dios, un ser humano con derecho a ser feliz.

FALEX LOPSAL

La balanza

Una mujer pobremente vestida, con un rostro que reflejaba tristeza, entró a una tienda, se acercó al dueño y de manera humilde preguntó si podía llevarse algunas cosas a crédito. con voz suave explico que su esposo estaba muy enfermo y que no podía trabajar. Tenía siete niños y necesitaba comida. El dueño no aceptó y le solicitó abandonar la tienda. Sabiendo la necesidad que estaba pasando su familia, la mujer se negó:

– ¡Por favor señor le pagaré tan pronto pueda!

El dueño le dijo que no podía darle crédito, ya que no tenía una cuenta de crédito en su tienda. De pie cerca al mostrador, se encontraba un cliente que escucho toda la conversación. Este le dijo al dueño de la tienda que él se haría cargo de lo que la mujer necesitaba. Entonces el dueño irritado le preguntó a la mujer:

– ¿Tiene usted una lista de compras?

La mujer dijo:

– Sí señor.

– Está bien, ponga su lista en la balanza de platos Y lo que pese la lista eso le daré en comestibles – Dijo el dueño de la tienda con una sonrisa irónica.

La mujer titubeo por un momento y cabizbaja busco en su cartera el pedazo de papel. En su reverso escribió algo. Triste aun, puso la lista en uno de los platos de la balanza. Los ojos del dueño y del cliente se llenaron de asombro cuando el plato de la balanza donde estaba el papel, se hundió hasta el fondo y se quedó allí. El dueño sin dejar de mirar la balanza exclamó:

– ¡No lo puedo creer!

El cliente sonrió y el dueño comenzó a poner comestibles en la balanza. Esta no se movía. Continúo poniendo más y más comestibles hasta que se llenó y se niveló.
El dueño pasmado de asombro finalmente tomo el papel Y lo miró. Mas asombrado quedó aun al leer el reverso de la lista:

– Querido señor Dios tú conoces mis necesidades, hoy las pongo en tus manos.

La mujer agradeció y feliz abandonó la tienda. El cliente pagó la cuenta al dueño y exclamó: – valió cada centavo.
Ahora sabemos cuánto pesa una oración sincera.

La valentía de una madre

(Bella Historia Narrada por W. Marrion Branham)

Luz era una madre soltera que tenía una hija de cuatro años, a la que debía que dejar sola en casa, mientras ella trabajaba para ganar el sustento. Un día al regresar a casa, ve desde el autobús un gran alboroto producto de las sirenas de las ambulancias y los carros de bomberos que se dirigían velozmente a atender una emergencia.

Cuando el bus se detiene por el trancón formado por la calamidad, ella se baja para continuar a pie, debido a que se encuentra cerca de su casa. Ve que la emergencia es producida por un incendio y su cuerpo se hela al darse cuenta que es precisamente su casa la protagonista de este suceso.

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A eso…

A eso de caer y volver a levantarte,
de fracasar y volver a comenzar,
de seguir un camino y tener que torcerle,
de encontrar el dolor y tener que afrontarlo.
A eso no le llames adversidad,
llámale sabiduría.

A eso de sentir la mano de Dios
y saberte impotente,
de fijarte una meta y tener que seguir otra,
de huir de una prueba y tener que encontrarla,
de planear un vuelo y tener que recortarlo,
de aspirar y no poder, de avanzar y no llegar.
A eso no le llames castigo,
llámale enseñanza.

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